Un baúl.

“La conciencia hace de nosotros unos cobardes. Así se apaga

el fuego natural de la osadia bajo los pálidos toques del pensamiento”.

W. Shakespeare

Un baúl es, por lo menos ahora y aquí, un simbolismo. Es un contenedor que tiene diversos significados, que fundamentalmente recuerda cosas y espacios, personas y sentimientos. Desde siempre yo he tenido uno. El mas añejo, o añeja, en éste caso, fue una pequeña caja fuerte, con combinación y todo, su pequeña manija de abrir y su rendijita para poder pasar por ahí las monedas y los billetes.

La cajita, primero es de lámina, lo que le ha permitido subsistir por algo así como 28 o 30 años. La combinación y la manijita, ya no sirven del todo, supongo que algo olvidé en tantas y tantas ocasiones que la desarmé y armé para comprender su funcionamiento. Como sea, en ella están guardados, sin necesidad de ir a verlo, mis primeros ahorros. Monedas que hoy por hoy no tienen valor más que el sentimental y los primeros cuartos de dolar que me regaló mi mamá y, al tiempo, los que yo mismo guardé de mis viajes a  Canadá, Estados Unidos, Brasil…

También tiene ropa rasgada de amigos de la secundaria y uno o varios aretes (no me acuerdo porque están ahí). Al lado, de la caja, está otra que me lleva a recuerdos aun más lejanos (o cercanos) dependiendo del punto de vista del observador a la línea de tiempo. Ella representa los primeros años de mi vida, cuando era así de curioso y me ponía a preguntar a mi mamá que era todo eso que tenía en su ‘secretera’, el nombre por sí mismo me invitaba a conocer su contenido. Esa melodía de las laminitas al ser estimuladas por ese pequeño cilindro que tiene piquitos y que cada piquito es una nota y que con la cuerda, empieza a girar y girar, haciendo música. Ésa no la desarmé, fue otra, de alguien más.

Recuerdo la pequeña bailarina de ballet, el espejo de fondo y como se movía por cada uno de los rinconcitos formados por el marco y su pista de luna que te permitía disfrutar de su baile, da vueltas y toda la cosa. Luego, está la secretera, ésta que es la mía, ahí está guardada un parte de mi vida, certificados de pre primaria, diplomas de Tae Kwon Do, de secundaria y, ya más recientes (por así decirlo) los de prepa y el de la universidad. Las fotos de ojos y bálsamos, ahora inservibles y peligrosos, cartas. Algo que escribí en un papel higiénico en aquellas tardes que pasaba en el CETEC, creo que un día lo releeré, como aquel cuento que dejó su espacio, de extraterrestres, separaciones y amor, porque el está fuera dando un paseo del cual espero nunca vuelva (Si algún día te estorba, no lo tires, envíalo de regreso, por favor).

El otro gran baúl, fue obtenido tras una suerte de trágicos (muy grande la palabra) cambios en la vida de mi familia, total que me quedé con un cuarto para mí solito. Aún conservo esos peluches: Bambi, el elefante y el mono éste que es un indio que era el que siempre usaba para jugar con mi hermano, cuando jugábamos con monos. El reloj extranjero que como me gustó, los lápices y el libro de dibujo, que gran baúl.

Hay dos más, uno en la sala, tan pequeño pero tan bien labrado y tan sentido. Me costó tanto tiempo encontrarlo, busqué en tiendas, en puestos callejeros, por todos lados y finalmente lo hallé. Es una remembranza a una de la mujeres más importantes de la vida, de la mía al menos.

Pero queda el último, el más pequeño de todos. Es en sí uno muy sencillo pero no por eso dejará de ser hermoso. Contiene la historia de los, hasta hoy, mejores momentos de mi vida. ¿Quién lo dijera, es tan pequeño y le cabe tanto? Pues sí, es como la caja de pandora, que guardaba en sí todas las calamidades, éste guarda todas las felicidades. Contiene muchas llaves y condiciones, es el simbolismo de la felicidad, en muchos sentidos. Las llaves, supongo que un día podrán abrir puertas, si no le sucede lo que a la pequeña caja fuerte amarilla, que por querer ver como funciona, se descompuso o como la caja musical que para que no se dañe, no la uso.

Creo que es tiempo de mover el pequeño baúl a la ‘secretera’, es ahí donde pertenece y como escribí recientemente, darle un empujoncito más a ésa puerta que está cerrándose poco a poco.

Olvidé mencionar otro baúl, éste quizá el más grande de todos, que me acompaña paso a paso, día y noche, que hace tanto ruido y a veces se queda tan callado y que me sentó frente a ésta vacía página de mi blog y que sigue sacando de manera poco creíble tantas y tantas cosas, imágenes, sabores, olores, recuerdos, al fin y al cabo. Me llevó a aquellas tardes en San Nicolás de los Garza o antes, cuando me dirigía de mi cuarto a la biblioteca y tomaba el libro de Oscar Wilde o de Shakespeare, en éste último, que como me sentí orgulloso de haberlo leído cuando aquél viejo maestro del Tec intentó hacerme quedar mal ante el grupo preguntándome si sabía quien era Enrique VIII y le contesté no solo quién fue (en la obra de Shakespeare) si no en quién se inspiró al escribirla.

Pero hoy, Shakespeare, tiene otro matiz, quizá los tonos del propio Enrique VIII cuando va por aquel campo de guerra indagando la opinión de sus soldados, más sentimientos de la muerte de Romeo y Julieta y menos de sueños de una noche de verano. Más como aquella oscura escena cuando Hamlet se cuestiona su actuar, la contradicción inherente a la bifurcación del camino y como la razón y el espíritu siempre están en esa pelea continua. La duda interminable por no saber si el camino izquierdo está cerrado y aunque tengo las llaves ya son inútiles o no. Si la derecha es el único camino, ese camino que me aleja mas de Marley y me lleva mas a Nueva York (ésto claro, es una metáfora).

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